Por Edgardo López Huerta, socio MISHTECH Creative Business Agency
edgardo@mishtech.com - IG: edgardolh
Hasta hace unos años, un par de tenis y la actitud correcta podían mantenerte en forma. No
implicaba pagar una membresía: la calle es gratis y la indumentaria no exigía mucho.
Pero se puso de moda. Ya no solo era salir a correr: había que pertenecer a un club, participar en
una competencia y, claro, al hacer comunidad también surgía el cuchicheo de “¿ya viste el nuevo
Garmin?”, “¿probaste este nuevo gel?”, “los Hoka son la onda”. En poco tiempo, lo que parecía
una industria cerrada dominada por Nike y Adidas empezó a hacerse más compleja.
Marcas como Hoka —que en una década multiplicó 467 veces sus ingresos y en 2024 alcanzó
ventas de US$1,807 millones— dejan claro que el mercado se descolocaba, crecía y se repartía.
Aparecer en una competencia de running —de las cuales hoy hay prácticamente una cada fin de
semana, desde la carrera Gatorade, Rock&Roll, UTMB, hasta la del perro o la del helado—
implicaba preparar el outfit perfecto. Era evidente que había que posar para la foto de llegada y
verse “bien”.
El wellness estaba creciendo. La gente quería estar en ese mood. Tan solo en 2023, la economía
global del wellness alcanzó los US$6.3 billones de dólares.
Era necesario vestirse para la ocasión, para el entrenamiento… y también para la ocasión que no
era ocasión. La moda por hacer deporte era inminente. Por un lado crecía; por otro, era eso: solo
moda.
Es aquí donde aparece el concepto de athleisure. Literalmente significa “ropa atlética para el
ocio”, pero en la práctica es mucho más: un uniforme urbano que comunica que te importa tu
salud, tu comodidad y tu estilo, sin necesidad de pisar el gimnasio.
La explosión de marcas no se hizo esperar. Lululemon se convirtió en marca de culto. Le
siguieron Alo, Gymshark y hasta Kim Kardashian con SKIMS. Incluso Zara, H&M y hasta
Gucci o Balenciaga lanzaron colecciones deportivas para no quedarse fuera del pastel.
Lo que tantos años y esfuerzo le costó a Puma, Reebok o Under Armour, estas marcas lo
entendieron con claridad: no era deporte clásico, era actitud y comunidad. Así crecieron firmas
como la suiza On Running, donde Roger Federer invirtió y se benefició de su boom.
Los leggings dejaron de ser accesorios de entrenamiento para convertirse en narrativa
aspiracional: el wellness como estilo de vida. El athleisure es un statement silencioso: “me
cuido, me muevo, estoy en paz conmigo”. Da igual si acabas de salir de una clase de Síclo o si
vas por un matcha latte: la ropa habla por ti.
Aunque ya venía en ascenso, la pandemia fue el catalizador que lo consolidó. El home office
rompió fronteras entre ropa de trabajo y ropa de descanso. Lo que empezó como nicho hoy es
industria multimillonaria que superará los US$450 mil millones en 2028.
Pero también hay una paradoja: vestirse de wellness es más sencillo que vivirlo. Comprar
leggings de $3,000 pesos no significa tener hábitos sanos.
Aun así, esa estética puede ser la puerta de entrada. Un ejemplo es Hyrox, competencia que
combina cardio y fuerza. Creada en 2017 en Alemania, hoy estima ingresos por US$140 millones
y en México proyecta más de 45,000 atletas participando en sus eventos.
Al final, es mejor que lo uses… a que te use a ti. Y si ya estás pagando por la mayor tecnología y
ciencia en el desempeño deportivo: just do it.
No comments.